Grupo de investigación de Crítica Arquitectónica ARKRIT / dpa / etsam / upm

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Sobre ARKRIT

El Grupo de Investigación ARKRIT se dedica al desarrollo de la crítica arquitectónica entendida como fundamento metodológico del proyecto. El ejercicio crítico constituye el principal gestor de la acción proyectual hasta el punto de que puede llegar a identificarse crítica con proyecto.
Si se considera que el objeto de la crítica no es el juicio de valor sino el estudio de las condiciones propias de cada obra, en relación a otras obras de arquitectura, en relación a otros campos del conocimiento y en relación a otras posibles teorías alternativas, podemos obtener de ella una imagen final flexible y abierta que permita tanto su comprensión veraz como la apertura a nuevos caminos en el curso de la arquitectura.
El Grupo de Investigación ARKRIT se constituyó en 2008 bajo la dirección del catedrático de Proyectos Arquitectónicos D. Antonio Miranda Regojo-Borges y, además de proyectos de investigación, entre las actividades del grupo se encuentra la dirección de tesis doctorales, así como una participación activa en el máster de Proyectos Arquitectónicos Avanzados (MPAA) desde el Laboratorio y el Taller de Crítica y coordinando numerosos Trabajos Fin de Máster.

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ARKRIT - GRUPO DE INVESTIGACIÓN DE CRÍTICA ARQUITECTÓNICA

Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid
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Madrid - España

E-mail: arkrit@arkrit.es

PORTADA

6 diciembre, 2018

MODERNIDAD Y METRÓPOLIS. Los espacios en ‘El Cuento de la Criada’

Marcos Cortes Lerín

“La ciudad es, por naturaleza, una pluralidad”

Aristóteles en ‘Política’.

Lo más destacable de la serie El cuento de la criada, basada en la novela homónima escrita por Margaret Atwood en 1985, es el corto tiempo que la separa de otros momentos históricos y la corta distancia que la separa de la actualidad. Todos nos preguntamos si en la actualidad seríamos capaces de aventurarnos hasta esos extremos; mientras, miramos a nuestro alrededor y descubrimos si miramos con atención pequeños matices que nos hacen pensar que, quizá, puedan ser detonantes de una situación indeseada.

Con la buena fotografía de la serie se corre el riesgo de que los temas tratados, tan trascendentales, queden en un segundo plano para el análisis y la crítica.  Las imágenes de la serie están dominadas, principalmente, por el uso de la geometría y la falta de tonalidad cromática en la composición de planos cuando nos encontramos en Gilead en oposición a la libertad compositiva y saturación de los colores cuando se trata de los flashbacks. No obstante, es conveniente hacer una lectura más allá de la estética visual para buscar esos pequeños matices que tienden puentes entre la distopía de la serie y nuestra realidad. Una de las virtudes de la serie es ambientarla en la actualidad. Tanto los motivos políticos para la creación de Gilead como los escenarios domésticos (la casa) y urbanos (la ciudad) son perfectamente reconocibles por el espectador y juegan un papel fundamental en la creación, desarrollo y mantenimiento de la teocracia establecida en la serie. Los escenarios son convencionales, demasiado comunes. Es, precisamente, esta familiaridad la que ayuda a plantearse la cercanía de esta distopía.

La casa de la serie es cerrada, pesada, jerarquizada y excluyente. Lo material y lo físico toman el protagonismo a través de la singularidad y autonomía de la arquitectura-objeto claramente delimitada y vallada. El interior de la vivienda se distribuye mediante estancias jerarquizadas comunicadas entre sí pero inconexas espacialmente. Son lugares opacos y sombríos en los cuales no se establece relación alguna con el exterior. En ellos, cada actividad está tajantemente orquestada por aquello que constituye la base de la vida tradicional: el ritual. Para ello, se establecen unas divisiones espaciales que permiten una clara separación de roles, tanto sociales como de género, basados en una perspectiva de superioridad patriarcal de un estado teocrático. Ordenados jerárquicamente, obtendríamos las siguientes categorías espaciales:

El Hombre-Estado. Representado por el objeto de la casa en sí que simboliza la propiedad privada claramente delimitada y ajena al espacio público con el objetivo de ensalzar el individualismo.

El Hombre-Comandante. Es el cabeza de familia y forma parte activa del Estado. Su despacho es axial con su mesa de trabajo como fondo perspectivo del eje de simetría. Es el único lugar donde hay libros y, por lo tanto, acceso a ideas, educación y reflexión. Es el único miembro de la casa que tiene un espacio privado en el que desarrollarse como persona plena.

El Hombre-Espía. Es el chófer y persona de confianza del Comandante. Vive fuera de la casa, encima del garaje por lo que constituye un núcleo familiar segregado pero subalterno a la familia principal. Es la presencia del Estado dentro del hogar; un mecanismo de espionaje estatal que invade la privacidad de los habitantes de la casa para detectar y anular cualquier desviación de la norma establecida.

La Mujer-Objeto. Esposa del Comandante, está excluida de la vida pública, política y social ya que su única misión en la vida es la de ser madre. Hasta entonces su lugar en la casa es incierto aunque el invernadero, un espacio a parte y segregado de la casa, se convierte en su espacio de reclusión donde poder poner en práctica su rol vital: el cuidado de un ser vivo.

La Mujer-Trabajadora. Es el servicio de la casa y pertenece a los espacios servidores de la casa por lo que carece de cualquier espacio privado o íntimo. Pasa todo su tiempo en la cocina separada del resto de actividades de la casa y, a través del trabajo que se le encomienda, refuerza los ritos y tradiciones.

La Mujer-Esclava. Su trato es propio del ganado y su cometido exclusivamente la reproducción. En contra de su voluntad, su espacio habitacional, ubicado en el desván de la casa, es de difícil acceso a través de una serie de escaleras incómodas y pasillos angostos. Su distribución resulta autosuficiente, se percibe como un espacio temporal,  impersonal y carente de privacidad; es el espacio antítesis del Hombre-Comandante.

TABLA IMAGENES

Fig.01 – Fotogramas de los espacios propios a los protagonistas. De arriba a abajo y de izquierda a derecha: Hombre-Estado, Hombre-Comandante, Hombre-Espía, Mujer-Objeto, Mujer-Trabajadora, Mujer-Esclava.

Estos conflictos espaciales de la casa también se trasladan a la ciudad. La relación y el equilibrio entre lo público y lo privado se anulan y se ve sustituido por aquello, o aquellos, que están dentro y los que quedan fuera. El barrio donde se encuentra la casa es una suma de individualismos que generan un tejido urbano monofuncional y estático donde la armonía ciudad-persona queda sustituida por la dualidad objeto-calle. Son espacios urbanos que no comprenden la esencia de la ciudad en la realidad diversa de sus habitantes sino en el sueño de un tejido social homogéneo y ensimismado en un ambiente de falsa seguridad; ni siquiera hay diversidad generacional. Los ahoracados y fusilados por la dictadura se convierten en los nuevos hitos urbanos. Los espacios públicos se convierten en un escaparate del terror para acallar la rebelión y apuntalar el sistema impuesto.

Los sonidos de la ciudad, en constante observación, son las sirenas y las radios de los vigilantes armados que describen, en un segundo plano, todos los movimientos de los personajes. La ciudad retratada en la serie carece de imaginación, memoria y flexibilidad. Lo incierto y lo imprevisible reina por su ausencia y las calles están dominadas por el vehículo, ya sea privado o de vigilancia. No hay espacios para la reunión, para la protesta o la reivindicación. No hay espacios para la diversidad, la dignidad y la igualdad. No hay espacios para la cooperación, la humanidad y la empatía. No existen lugares desde donde proyectar la ciudad desde la civitas: desde la concurrencia pública de diversas personas que acuerdan, en conjunto, someterse a las mismas leyes independientemente de su determinación étnica, religiosa e ideológica. Tampoco existen lugares para la polites: para la vida común en una ciudad cuyo motor principal es la participación del ciudadano en la actividad política; un lugar donde nada se impone y todo se acuerda. En definitiva: no hay ágora; no hay foro; no hay plaza. Se retrata a la perfección la ausencia del espacio público cuya existencia es vital para la generación de la metrópolis.

casa y barrio

Fig.02 – Fotogramas de la ciudad de Gilead. Arriba la casa. Abajo el barrio donde se sitúa.

La casa de Gilead es anti-moderna.

La modernidad es dignidad, igualdad y libertad; todo aquello alejado de estos conceptos no es modernidad.

La ciudad de Gilead es anti-metrópolis.

La metrópolis es civilización (civitas) y política (polites); todo aquello alejado de estos conceptos no es ciudad.

Las imágenes de la serie son potentes también desde el punto de vista arquitectónico y urbano. La pregunta es, si al ver las imágenes de la serie, hemos sido capaces de reconocer nuestros propios espacios, nuestras propias ciudades. Hemos sido capaces de detectar lugares peligrosos para la modernidad y la metrópolis. Esta simbiosis, aunque imperceptible, resulta imprescindible para la convivencia entre los diferentes modos de vida. Tanto la ciudad para los ciudadanos como la casa para sus habitantes, deben ser un proyecto colectivo, plural e inclusivo, es decir, o pertenece a todos o no es de nadie; pero nunca de unos pocos porque la democracia, sin modernidad ni metrópolis, no existe.

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