Grupo de investigación de Crítica Arquitectónica ARKRIT / dpa / etsam / upm

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Sobre ARKRIT

El Grupo de Investigación ARKRIT se dedica al desarrollo de la crítica arquitectónica entendida como fundamento metodológico del proyecto. El ejercicio crítico constituye el principal gestor de la acción proyectual hasta el punto de que puede llegar a identificarse crítica con proyecto.
Si se considera que el objeto de la crítica no es el juicio de valor sino el estudio de las condiciones propias de cada obra, en relación a otras obras de arquitectura, en relación a otros campos del conocimiento y en relación a otras posibles teorías alternativas, podemos obtener de ella una imagen final flexible y abierta que permita tanto su comprensión veraz como la apertura a nuevos caminos en el curso de la arquitectura.
El Grupo de Investigación ARKRIT se constituyó en 2008 bajo la dirección del catedrático de Proyectos Arquitectónicos D. Antonio Miranda Regojo-Borges y, además de proyectos de investigación, entre las actividades del grupo se encuentra la dirección de tesis doctorales, así como una participación activa en el máster de Proyectos Arquitectónicos Avanzados (MPAA) desde el Laboratorio y el Taller de Crítica y coordinando numerosos Trabajos Fin de Máster.

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ARKRIT - GRUPO DE INVESTIGACIÓN DE CRÍTICA ARQUITECTÓNICA

Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid
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Madrid - España

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Portada

27 octubre, 2016

LO HOMOFÓN

Anónimo

Nota al autor: El consejo editorial de NOPINION no publica textos anónimos. No obstante, y dada la consistencia geométrica del texto en el que se homenajea arquitectónicamente a Raymond Queneau en el 40 aniversario de su muerte el 25 de octubre de 1976, hemos decidirlo hacerlo público y dejar a sus hipotéticos lectores la elucidación del nombre de su esquivo autor del que quizá tengamos fundadas sospechas…

Hoy, queremos recordar cierta obra poética, limpia, estructural y geométrica, y a su autor Raymond Queneau, exactamente en el cuarenta aniversario de su muerte. Para tal homenaje sus aplicados alumnos de ARKRIT lanzan al cielo: La parrafada de Uzkudun en Salamanca, de Mercedes la Chata y Mercedes la Caramba, con un poco de todo.

LO HOMOFÓN: “¿QUÉ VES EN LAS PALABRAS?”

Jamás tendré otro deber más costoso que este: detener y atrapar preferentemente al hada o maga de tono y color celeste que, agazapada entre las cartas de la baraja, me cantaba sardanas desde lo más hondo de una caja color de iris. Allá, el mozo más gordo y fofo de todos, la masa macarra e incivil -amargada por la sífilis- ese gran tarambana al que los otros ocho llamaban el romo, isidril y célere Kapanca se colocó la célebre caja de matarratas -atada con un donoso cordón- tras las anchas y largas barbas blancas que tapaban su tez y su garganta atragantada de moco.

Lo controlo todo como jefe, y por no pertenecer al club, ya no les dejé hablar a lo tonto y a lo loco, ni con fantasmadas detergentes, ni al azar del tuntún.  No soporto ni el modo de las algazaras, ni las catalanadas del Comodoro de Almadrava. No le dejé, desde que tras los pogromos, con chirimiri, por carnaval y sólo por entretenerse la caravana o cabalgata, armada con lanzallamas y azagayas, alcanzara toros y cazara zorros, ibis, lobos y hasta salamandras, en la estrechez de la bajada en catarata del rocoso Gurugú con sus amamantadas cárcavas.

 Para no andar como un tiquismiquis, dividí a navaja, en la palangana del pacharán -y entre los ocho golosos- los entremeses del excelente mondongo efervescente: peces, percebes y manzanas saladas, amalgamadas con trozos de grasa de la matanza, pasta de calabaza y cuscús al gordolobo. Insistí en acabar tan bronco maná con el corto gozo de embeber nepente, en modo de ocho breves naranjas verdes para aplacar mi gingivitis. Todo para no depender del avatar de los otros modorros: ni de Lesmes ni de Pérez, con sus cataplastas requenenses.

 

Con todo, me senté a beber -con esa callada calma que me agradaba, soto la andanada de los pesebres y tras el rojo mojón de la palanca de un pozo emergente- entre los otros dos mequetrefes de la astracanada más chabacana. Me senté entre el ñoño Quintín y el soso Cascarranas. Más allá, el enclenque Cantamañanas, con su gorro de colono en la faz, cantaba vehementemente zarabandas con alharacas y mamarrachadas, de ese modo callaba su pequeñez y arrancaba su soborno entre las estrecheces de los oblongos tendeles y de la atalaya que me pertenece.

  Simili modo -y en el summun del gozo- tras leer mi horóscopo (en piscis) pensé y pensé frente a los ortodoxos contornos, frente a los ocho bobos en alpargatas que -como vacas de leche agachadas o sedentes en el humus- amagaban entre el azahar y los copos de pitiminí: entre esquejes de olmos y monocromos chopos. Un coro de ranas emergentes –que, como Tarzán, cantaba por tarantas- alzaba a ráfagas su voz: en alabanzas amarranadas del que lampa en el mes de Ramadán. Desde Oslo hasta Calvarrasa no encenderé más el Tam-Tam, si yo solo no lo noto.

 Más que pasada la mañana -en el tercer contorno civil- y a la luz de mi lámpara de secreter, Quintín tomó las cartas del mus. Allí empecé, con el de enfrente, a atacar en el Mus más no a ganar. Viví, de repente cansada y fracasada, como un orondo coscorrón atada al potro, el dolor sordo de perder y deber, el dolor monótono de tener que dimitir, el dolor locomotor de envejecer y perder cada vez más, por mor de ese cosmos de cartas de Mus que se me daban gafadas y malhadadas por el globoso, goloso y gomoso Kapanca.

 Al trabajar y ejercer en tan difícil y célebre símil -el Mus del Misisipi- sin acaparar oro en tan horroroso presente, y una vez apagada mi lámpara -levemente grabada, a releje, con anagramas de plata y con un temple del senescente Anglada Camarasa-, y pese a lo gordo de mis pololos y de mi zamarra de napa, enfermé de cistitis -que avanzaba- sin estremecerme. No compongo lloros, ni sollozos en mi cara de bobo con bikini y canana. Al revés: ¡A extender, a defender las danzas, marchas y zarabandas: a amarlas como a las gallardas de Oslo y las pavanas de Sidi Ifni!.

 El topólogo, para salvar su vejez de barragán -entre otros menesteres y horro de tisis- amasa alas de garza en su casaca. En este cómodo y bochornoso otoño de blancas jacarandas y claras albahacas, crece el florón de las amarantas. Al fin, lo más gozoso de todo: el lanza bragas: un protocolo para el control del polvo en cada tenderete. Allá solo se venden gafas y bragas traspasadas de lana y alpaca. Por entretenerme con ese solo control, temeré sin gozo, ese cosmos -o excedente- de ranas, cabras y ratas, que solo acatan mis sonrojos a trancas y barrancas. ¡Que no es moco de pava!

 Lesmes, el bronco pelele de los pololos verdes -con un doblón en su bolso de fleje- taladraba el éter de ozono a la vez que, en moto, se trasladaba sin fin entre el Jarama y Arganda. No captaba que todo son de motor empequeñece la endeble mente y, a mansalva, mata el paladar. Tras la Carga de Balaclava, su gata Helene -salvada en el Complot del Sacagrasas por el Socorro Rojo- voló entre sofocos y sollozos entre las algas de la bajamar. Salvada, sí, más abrasada, arrastrada, aplastada por el confort y el sopor de Aravaca: el chollo de Satanás.

 Allá lo que se oyó sonó como: “Balas Dum-Dum sobre el herpes: ¡Viva el sátrapa molón!”. Ni gangas, ni palmas, ni cataplasmas del cojo Lilí. Ni la caspa del doctor más canalla: el Ogro Mengele. Atrapada y avasallada entre el mándala del coscorrón y el bombón de Alabama, la llamada Tilin Tilin no voló más allá de lo que va un lobo bobo y vehemente tras el chollo del oncólogo Federer. Para entender un mantra que agasaja sin control y con un tanga que se nos atasca y que se nos atranca –repelente- en cada batalla.

 ¿Cómo perteneceré al combo de las fallas y las garbanzadas? Con sábanas de pana y mantas de bebé en la cama-globo del ácrata, hasta que decrete el fin. Manga por hombro, el coloso del alacrán -con su jarra o pototo de leche de cabra- gana, con Yoko Ono en el secreter. Por su voz de chavala, el flojo calamar en avanzada me clama desde las cataratas -sin referente, sin tacada del potro, sin polvorón de coco y cazada en la almadraba DE PLOMO con tres balas de Santallana-: “Eres un bragazas”. Sin creerme nada de nada del tragaldabas de andar por casa en la batalla de Trafalgar.

 No alcanzadas con alabardas de oloroso esqueje, las patadas de Kung-Fu, las mil barrabasadas del moro papanatas -con su lulú de corcho y su mala baba- no paran de inhibir y empequeñecer, desde Málaga, todo el oro del Pachá. ¿No ves cómo cada homólogo -de  Mocogordo- mata su tantarantán con baba? ¿No ves cómo no merece que se envenene al alazán en sus morosos cronotopos de taca-taca? Los cerdetes, y los gorgojos de la patata, por ser homófonos a rajatabla van -como el pollo de carpanta- con sus patas asadas en grasa de empeltre y Kalamata… A los modos del Bósforo y de Aracataca.

 Los kriss, o dagas malayas anaranjadas, halladas en Toronto (Canadá) dañaban el calcañal -o calcañar- de Kiki Clemente y su ablandada gente sin agallas. No hay mazas entre los manazas. La leve cantata sagrada y aclamada por todos -“El Cóndor Pasa” – no nos habla de nada. La azada de marras a modo de tronco de cono en el codo del forofo de Fez, se atasca con sus pasmadas zarandajas. En el colmo, el alma/bollo de Pérez de Salazar- como el combo de pocholo, es un carcamal sin precedente en el que ni el Cha Cha Cha de Boston, avala el “no sé qué”…

 Colofón: Desde mi cabaña en Rímini lavada y marcada con chatarra de las atarazanas, allá va la Palabra Vudú o, más decentemente -sin mandangas y con todo el morro- ¡CUCURRUCUCÚ!: ¡que es mi palabra de honor! 

GUNS

FIN.

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